Dos cabras de buena leche, mientras rumiaban charlaban animadamente: -Hay que ver, compañera, que teniendo la verde y llana pradera, subamos al monte más pelado y agreste.
-Ya lo ves, camarada, nos esforzamos, corremos los riesgos, para ser admiradas por las ovejas.
-Y otra cosa, compañera, si tenemos duros y afilados los cuernos, ¿por qué somos sumisas con el cabrero?
-No es cordura lo que nos falta, pues una fría cuadra en invierno, y nos dejan sin leche y sin queso.
Tras subir un repecho y mordisquear un helecho, se dicen, con ojos serenos y aire consciente: -Hay que ver, compañera, ninguna locura nos viene a la mente, ¿te imaginas ser como la gente? -Entonces las más grandes haríamos, y a costa del dolor ajeno, presumiríamos, de grandes y de valientes.
Que lo que la vida en su fluir me regale, me resulte suficiente, que lo que me niegue me resulte inevitable, que lo que me quite me resulte aceptable, que mi escasez la frustración y la ambición me evite, que mi abundancia a compartir me invite.
Que mi dolor del error me aleje, que mi placer a la sencillez me acerque, que mi soledad de quietud me colme, que mi libertad me ensanche y me profundice, que mi dar sea multiplicar y a mi desconfianza razones le reste, que mi sumar divida con equidad, que cada alba mis potenciales energice, que cada noche, alegre, el sueño me visite.
Vida, lo que mi debilidad te pida no me lo des, a cambio enséñame, haciendo a mi horizonte visible, a mis pies firmes, a mi mente flexible, tranquilas a mis emociones y a mi conciencia receptiva.
Fidelidad con uno mismo y aceptación del devenir natural, todo lo demás del sufrimiento es fuente y camino.