Cuando confiamos en alguien y nos muestra claramente que merece nuestra confianza, nos sentimos seguros, equilibrados, sentimos un gran bienestar y nos sentimos impulsados a cultivar y a poner en práctica lo mejor que llevamos dentro.
A veces es necesario desconfiar de ciertas personas, pues así evitamos muchos peligros y problemas, pero a pesar de ello, cuando desconfiamos se producen en nosotros efectos contrarios a cuando confíamos.
Aquí se nos presenta la cuestión de qué es más sabio:
*¿Ser confiados o desconfiados?
*Confianza, desconfianza,
¿Cómo las alternamos?
Con mucha frecuencia se nos presentan situaciones en las que confiamos más y en las que confiamos menos:
*Confiamos más en las personas que tienen características similares o iguales a las nuestras, que en las que tienen pocas de esas características.
*Confíamos más en quienes nos dicen lo que queremos oír, que en aquellos que nos dicen lo que realmente piensan y sienten.
*Se suele confiar más en los héroes,
que en los sabios.
*Se suele confiar más en los fuertes y capaces,
que en los libres y sensatos.
*Y está la confianza depositada en los seductores y en los farsantes, cuando los confiados no ven sus intenciones.
Ahora se nos presentan dos grandes cuestiones:
*¿Sabemos el por qué de éstas preferencias en nuestras confianzas?
*¿Cómo serían las relaciones entre las personas,
si cada cual recibiera la confianza que merece?
Ante las difíciles respuestas,
o ante la escasez o la falta de ellas,
confiemos en que somos caminantes
y en que tenemos un camino se serenidades
y de comprensiones por delante.